lunes, 30 de noviembre de 2009

The Gathering

Una alegórica atmósfera de claroscuros se comienza a adueñar de tu estancia, en el instante en el que los primeros acordes resuenan cristalinamente a través de tu reproductor de música. Cierras los ojos, no porque quieras, sino porque lo necesitas. Algo flota en el ambiente que te impele a sentir únicamente a través de tu oído, para transportarte directamente hacia los metafísicos y primordiales lugares que la melodía te inspira para que visites. Caminas, corres, nadas, buceas, vuelas, planeas, caes y asciendes, repetidas veces, indistintamente o todo al mismo tiempo, pero puedes sentirlo con extrema suavidad. Hay una voz, límpida y tierna, que te mece y sabes que no te dejará durante todo el tiempo que dure este mágico viaje. Diversos sentimientos galopan en tu corazón.



Puede parecer triste, pero es bello. Puede parecer melancólico, pero es esperanzador. Puede parecer simple, pero es profundo. Puede parecer melódico, pero es vanguardia. Puede parecer música, y así es, se trata de The Gathering.





Desde los serenos y hermosos Países Bajos, nos llevan transmitiendo sus diáfanas y sosegadoras emociones desde hace cerca de dos décadas, con una notable evolución en el sonido, que comenzó a percibirse en sus primeros trabajos, principalmente, tras la incorporación de un elemento clave y fundamental: el delicioso y supranatural tono de la vocalista Anneke van Giersbergen.



Pero, antes de esto, allá por los años 1992 y 1993, sorprendieron e innovaron dentro del

panorama musical con dos albumes de exquisita factura, que denominaron Always y Almost a Dance, donde demostraron que eran otro de los grupos dentro de la emergente hornada de un estilo que todavía no estaba definido, pero que con el paso de los años, debido a sus diferenciadoras características, con oscuras atmósferas, riffs pesados y lírica opresiva, terminaría denominándose como Doom Metal. No obstante, The Gathering no iba a ser "otro de los grupos", sino que fueron mucho más, infinitas veces más, pero para ello se tuvo que incorporar a esta ascendiente banda la prodigiosa y sublime voz de Anneke, con lo cual se convirtieron en "el grupo", totalmente inclasificable, inimitable e indefinible.



Y ello se plasmó armoniosamente en su tercer disco de estudio, que fue titulado Mandylion y que, probablemente, sea el mejor disco de su carrera y su piedra angular para el resto de sus trabajos. En esta maravilla musical podemos encontrar toda clase de elementos sentimentales, emocionales, atmosféricos y melódicos, perfectamente condimentados y culminados por esa cálida brisa apaciguadora que evoca el registro vocal de esta increíble cantante. Asimismo, para no sucumbir en una reposada saciedad, se alterna esta sensación de infinita paz, con tintes oscuros, ambientales y pesados, haciendo que lo que, en principio, fuera un experimento, se convirtiera en una obra maestra de contrastes. Temas como Strange Machines, denso pero lúcido, tanto que parece evocar un imperceptible cristal; Eléanor, que es un arrebato de elaborados riffs y lírica perfección; o Sand and Mercury, que transpira una ilimitada belleza; son claros ejemplos de que su música no era para nada similar a la que cualquier otro grupo hubiera hecho hasta la fecha.





Tras la enorme majestuosidad de este disco, era harto complejo realizar uno que estuviera a su altura, sin embargo, con Nighttime Birds en 1997 y, posteriormente, How to Measure a Planet? en 1998, pudieron sostener el nivel compositivo, aunque se aprecia un relativo cambio en la instrumentación, ya que fueron abandonando paulatinamente el sustrato metálico que tenía su predecesor, para adoptar un estilo mucho más vanguardista y experimental, en el que sigue destacando, como una refulgente corona que se ciñe en cada una de las canciones, la voz de Anneke, que continuaba siendo delicada, arrobadora, pura y sensitiva. Una verdadera caricia para las percepciones más sensibles y un inmenso placer para cualquier persona con un mínimo de inquietud musical, que sienta que puede aventurarse en experiencias melódicas distintas a las habituales. En estos discos se llega a una especial trascendentalidad con la materia esencial de las cosas, recurriendo a metáforas vinculadas con la naturaleza para expresar sentimientos y emociones, lo cual se vislumbra especialmente en canciones como Shrink, My Electricity o Marooned.



Con If_then_else entraron en nuestra década con la misma intensidad con la que la habían rematado, prolongando este desarrollo y crecimiento musical hasta cotas más maduras, en cuanto a ese sentido experimental, que bautizaron con el término Trip-Rock, para definirse musicalmente. Aunque no es más que una etiqueta orientativa, relacionada con ese carácter renovador y audaz en su sonido, en el que confluyen varias corrientes relacionadas con el rock gótico y alternativo, la dulce melancolía y las insondables emociones. Por lo tanto, es considerado, por muchos, como el disco más completo de estos soberbios neerlandeses, porque aúna elementos de todos los trabajos anteriores: contundencia, etereidad, suavidad e intimismo. Las canciones Rollercoaster, Amity y la legendaria Saturnine son evidencias fundamentales de la fusión de características y, especialmente, de la estremecedora voz que expresa todas.



Sin embargo, su carrera musical adoptó otros matices con Souvenirs, en 2003, en el que manifestaron una inusitada progresión hacia la electrónica que habían esbozado hasta el momento tímidamente, además de caer incluso en rasgos relacionados con el pop, pero sin abandonar el rock. A pesar de ello, se mantiene la temática en su lírica, creando armoniosos ambientes de fluctuante naturaleza e infinita calma. Continúa siendo un disco a tener en elevada consideración, puesto que temas como Broken Glass, Monsters y la preciosa You Learn About It son piezas fundamentales en su carrera musical y en su discografía.



A partir de Home, en 2006, comencé a descuidar mi atención sobre el grupo, puesto que las modificaciones que sufrió en el sonido no terminaron de convencerme, sometido prácticamente al ostracismo al rock y sumergiéndose casi hasta la asfixia en un experimental minimalismo que desluce enormemente el registro de Anneke, pero en el que se siguen creando atmósferas acústicas de belleza primordial. Supongo que, por esta serie de cambios, finalmente, la vocalista anunció un año siguiente, en 2007, que se marchaba de “The Gathering”, lo cual provocó una profunda ruptura, no sólo en el grupo, sino en la ilusión de sus más fieles seguidores, entre los que me encontraba, al sentir que abandonaba este revolucionario proyecto musical el alma que le había dotado de verdadera vida.



Finalmente, con una nueva vocalista, Silje Wergeland, editaron hace unos meses su último disco, titulado The West Pole, que aún no he escuchado lo suficiente, pero podré decir que muchos de los elementos perdidos hasta entonces se recuperan por completo, como es el caso de la mayor presencia de la instrumentación acústica y melódica, en detrimento del prisma electrónico y experimental.



En mi particular visión musical, The Gathering es para mí uno de los grupos más influyentes dentro de la escena metálica, principalmente gótica, pero que ha ido abrazando tantos estilos y géneros (rock, pop, electrónica, progresivo, trip-rock, avant-garde, etc) que podría abarcar muchos más aspectos musicales, lo cual implica que llegue a muchísimos más oyentes que, estoy absolutamente convencido, disfrutarían con cada una de sus canciones, especialmente si son interpretadas por la insuperable Anneke (que ahora tiene su propio grupo, conocido como Agua de Annique).



Y en estos momentos de sentimientos profundos y emociones verdaderas, cuando mi mente sólo quiere viajar a un lugar con una única mujer, es una inestimable ayuda contar para este devenir con un sonido tan atmosférico e inspirador como este, con el que no sólo se puede imaginar el mar, sino sentir su sedosa urdimbre, su arropadora calidez y su eterna mirada.





... una mirada que jamás podrá traspasar nuestros fundidos cuerpos.





DISCOGRAFÍA



Always (1992)

Almost a Dance (1993)

Mandylion (1995)

Nighttime Birds (1997)

How to Measure a Planet? (1998)

If_then_else (2000)

Souvenirs (2003)

Home (2006)

The West Pole (2009)





MIEMBROS



Silje Wergeland: vocalista

René Rutten: guitarrista

Marjolein Kooijman: bajista

Hans Rutten: batería

Frank Boeijen: teclista



Anneke van Giersbergen: vocalista (1994 - 2007)





VIDEOTECA



THE GATHERING - STRANGE MACHINES (Mandylion)





THE GATHERING - ELÉANOR (Mandylion)





THE GATHERING - MAROONED (How to Measure a Planet?)





THE GATHERING - SATURNINE (If_then_else)





THE GATHERING - YOU LEARN ABOUT IT (Souvenirs)



















jueves, 19 de noviembre de 2009

Cristal Oscuro

En otro mundo, en otro tiempo, en la era de la maravilla...

... hace mil años, esta tierra era verde y era buena, hasta que se quebró el cristal y un trozo se perdió, un fragmento de cristal. Así empezó la profecía. Y aparecieron dos nuevas razas: los crueles Skekses y los apacibles Místicos.
Aquí, en el Castillo del Cristal, los Skekses tomaron el poder. Ahora, los Skekses se reúnen en la Cámara Sagrada donde el Cristal pende sobre una columna de aire y de fuego. Los Skekses, de cuerpos duros y retorcidos, de mentes duras y retorcidas. Mil años llevan gobernando. Y ahora, sólo quedan diez de una raza agonizante, dirigidos por un emperador agonizante, prisioneros de sus propias vidas en una tierra agonizante. Hoy se reúnen de nuevo ante Cristal, cuando el primer sol llega a su punto mas alto. Así es la costumbre de los Skekses, llegar a extraer nueva vida del sol, como lo es también la de saquear las tierras. Hoy, nuevamente, se llenarán de energía, engañarán a la muerte a través del poder de su manantial, su tesoro, su destino... El Cristal Oscuro.





En un ominoso alcázar en mitad de un funesto confín, donde la negrura tiñe el firmamento y cegadores relámpagos fragmentan los cielos, una abominable raza de seres abyectos y torturados, los Skekses, veneran con exacerbado fervor una joya de violáceos prismas e infinito poder, conocida desde tiempo inmemorial como el Cristal Oscuro. Con este artefacto de oscura majestad, este poético y bucólico mundo de eterna fantasía fue subyugado por esta estirpe de despiadados y repulsivos brujos, casi reduciéndolo a una vacua carcasa de lo que otrora fue un lugar de excelsa maravilla y eminente prosperidad. Desde sus siniestros dominios, han logrado aplastar, someter y esclavizar a todos los pueblos libres de este espléndido multiverso, haciendo uso de toda clase de ardides, fundados en la amenaza, la traición y la muerte. Pero ahora, sólo quedan diez y su emperador está moribundo.


Sin embargo, en el otro linde del mundo, en una aldea de majestuosa boscosidad, donde el verdor lo envuelve todo y los cielos son diáfanos y esperanzadores, una apacible raza de seres sabios y serenos, los Místicos, meditan sosegadamente en un arcano ritual sobre el sino del mundo en el que habitan, siento una profunda turbación en sus elevados pensamientos. Estos benévolos magos de naturaleza tranquila y pacífica, dedican sus interminables eras de existencia a cultivar la erudición y custodiar las artes, las cuales dominan en todas sus vertientes con una prodigiosa maestría. Pero, en este momento, sólo quedan diez y uno de sus maestros está moribundo.


Con este naciente plantamieanto, el genio marionetista y director de cine y televisión, Jim Henson, al que tanto le debemos los soñadores y amantes de la fantasía, nos deslumbró, abrumó y estremeció a todos con su extraordinario film titulado, como he mencionado en mi introducción varias veces, El Cristal Oscuro, estrenado en el año 1982. La maestría y la originalidad de esta obra cinematográfica, que no siempre ha sido valorada como merecía, la ha convertido en una de las principales películas culto dentro del género fantástico y no es para menos, pues no sólo contiene una ambientación única, una trama rica en matices, una banda sonora inigualable y unos personajes profundamente carismáticos, sino que cuenta con el añadido mérito de que está íntegramente rodada con marionetas, tanto los seres que figuran en cada escena como los propios escenarios, que parecían estar dotados de vida propia, pues todos ellos fueron diseños y construídos para que estuvieran en permanente movimiento, como si este mundo latiera por sí mismo, fuera exuberante y cambiante. No podríamos esperar menos del talentoso creador de los Teleñecos, de Fraggle Rock, de la deliciosa serie El Cuentacuentos y de la legendaria película, Dentro del Laberinto. Por lo tanto, el legado que nos deja este hacedor de fantasía y quimera es absolutamente monumental e incalculable. Su vida y obra fueron revolucionarias para el cine y la televisión, reinventando el modelo de entretenimiento infantil y propiciando que los adultos volvieran a sentirse niños.


Mención aparte me veo obligado a realizar para remarcar y destacar también la participación del increíble ilustrador fantástico Brian Froud, que se encargó de esbozar muchas de las criaturas y lugares que figuran en esta inventiva, entre ellas, la anatomía de las principales razas y la de los protagonistas, realizando una encomiable labor y dotando de su propio espíritu idealista y asombroso al cómputo general de la cinta.


Respecto a la propia película, encontramos como protagonista a un introvertido joven, de aspecto humanoide, conocido como Jen, que pertenece a la denominada raza de los Gelfings, la cual quedó prácticamente sumida a la extinción por parte de los nauseabundos y sátrapas gobernantes del mundo, los Skekses. Sin embargo, tuvo la buena ventura de ser rescatado por un miembro de la raza de los Místicos, tolerantes y benevolentes por encima de cualquier otro ser del mundo, al que siempre consideró su Maestro. Le enseñó todo lo que necesitaba saber de la vida... excepto aquello para lo que estaba predestinado, que era precisamente la recomposición el Cristal Oscuro, para que así el mundo retornara a su equilibrio original. La muerte de su Maestro le trajo esta revelación y su vida se tornó totalmente distinta a lo que había sido hasta entonces, teniendo que asumir una responsabilidad que jamás habría pensado que tendría. En su aventura se encontró con una dulce e inocente chica, llamada Kira, de melodiosa voz y sobrenatural empatía animal, que también era de su misma raza Gelfing, cuando tanto él como ella pensaban que eran los únicos supervivientes.


Así fue como Jen y Kira, unidos por una misma ilusión y, probablemente, por el creciente sentimiento que crecía en su corazón, compartieron esta legendaria odisea en la que se encontraron con múltiples peligros y enigmas y nunca tuvieron una firme determinación, pues consideraban que su fuerza y su poder no podían equipararse a la monstruosa majestad de sus enemigos, pero que, a medida que avanzaban en su devenir hacia el objetivo final, fueron siendo conscientes de que el destino de este mágico universo reposaba sobre sus pequeñas manos.


Por lo que se refiere a mi propia concepción de esta creación, siempre la consideraré una fundamental pieza dentro de mi reino fantástico interior, pues todavía recuerdo cuando la contemplé, por primera vez, siendo muy pequeño, sintiendo un irracional temor en el visionado, ya que no estaba habituado a algunas de las deleznables y blasfemas criaturas que aparecen en el film, pero, con el paso del tiempo, me percaté de que no era una película precisamente infantil, a pesar de que un niño de determinada edad podría llegar a disfrutarla, era mucho más. Se trata de una pesadilla de desbordante originalidad y visionaria capacidad, que se va convirtiendo en un sueño a medida que el argumento se va desarrollando, transmitiendo esa sensación que te sugieren algunas cosas de que estás ante algo irrepetible, mágico, brillante, único y grandioso. Esa sensación de que es un tesoro... de que es una película de las que ya nunca se volverán a hacer.




Pues Cristal Oscuro es como una Escritura. ¿Y qué es una Escritura? Es una pregunta que Kira le hizo a Jen y Jen, asimismo, le hizo a su maestro. Una Escritura son palabras que no se borran, igual que el recuerdo de esta maravillosa película, que siempre permanece en la mente y el corazón de aquellos que han podido disfrutarla...

... y es una experiencia inolvidable volver a verla, especialmente si es en compañía de alguien con quién compartes estos sueños de fantasía.

martes, 17 de noviembre de 2009

La Espada Rota

En una tierra en la que el reino de Faerie existe en una dimensión paralela a la del mundo de los hombres, Skafloc, el ahijado de los elfos, habrá de liberar la terrible maldición que pesa sobre Tyrfing, la poderosa espada rúnica que rompió Thor y que ahora vuelve a ser necesaria para salvar a los elfos en su guerra contra los trolls. Pero Skafloc también habrá de enfrentarse a su propia sombre: Valgard, que ha ocupado su lugar en el mundo de los hombres.


La vespertina atmósfera otoñal es proclive, en quórum sentimental, a la exacerbada melancolía, la dolorida soledad y insondable tristeza que el psique asocia con nuestra hipotética y sobrenatural alma. Es una cuestión meramente antropológica, si se ha de indagar por una argumentación racional, mas no debería hacerlo, puesto que sería una falta de respeto absoluta hacia aquellos que fundamentan su lacrimógena inspiración durante el equinoccio y un otrora contrasentido, pues yo mismo, en mi mohíno devenir, también he abrazado la hojarasca caída del pálido paisaje y la ambarina atmósfera del atardecer para dotar a mis pensamientos y reflexiones de esta fase estacional de nostálgica percepción.


De este modo, tras una velado juicio hacia las turbaciones que en un pasado para nada remoto o lejano sentía y no añoro, me decantaré por reseñar sucintamente sobre una obra de primigenia fantasía, piedra angular de muchas otras posteriores, que ha sido zaherida y menospreciada por las décadas ulteriores a su publicación, inocuamente por supuesto y que, a su vez, se ha proyectado en mi mente tras una copiosa comida y una sorpresiva ensoñación en un confortable diván que no siempre está preparado para los devaneos de un lunático, que incluso también sirve para descansar.

Y es que, ni siquiera en mis sueños crepusculares, hay lugar para la nostalgia, pues mi interior está alborotado por otra clase de sentimientos vinculados al amor, la pasión, la impetuosidad, la paciencia, la dedicación, el sacrificio, el recuerdo y la compensación, sólo faltaría el infortunio y la tragedia para confluir en todos los elementos de esta obra de Poul Anderson, que comenté en otro lugar y con otro pseudónimo, y que ahora recojo para mostrar por estos lares, cuyo nombre es...



La Espada Rota es, quizá, una de las novelas más infravaloradas e injustamente olvidadas que existe. Su mayor problema fue el año de su publicación, que fue 1954, precisamente el mismo en el que un filólogo sudafricano, conocido como Juanito Tolkien, sorprendía al mundo con su Comunidad del Anillo. Y, éste, desgraciadamente, ha sido un lastre que ha ido arrastrando esta novela hasta la actualidad.



No obstante, es un libro que sobrevivió a las eras, mal editado (concretamente, por la desaparecida y arcaica editorial Ultima Thule, que tiene más años que la rueda pulimentada) y en un vetusto rincón de la biblioteca, esperando a que alguien le diera una oportunidad, cuando se llevaba décadas idolatrando la obra de Tolkien. Y yo lo tomé prestado durante unos días, me sumergí en Faerie y supe que estaba ante una de las obras más importantes de la Fantasía, por la notoria influencia que había ejercido hacia muchas otras novelas posteriores .

El planteamiento es sencillo, en el que se juega con la dicotomía de dos mundos, el nuestro y Faerie, el de los elfos, trolls, hadas, brujas, hechiceros y duendes, que conviven en relativa armonía, pero por la sencilla razón de que el primero de esos mundos ignora la existencia del segundo. Pero esos mundos pueden llegar a entrar en contacto, sobre todo cuando se secuestran a seres humanos para que sean criados entre los elfos mientras se producen vengativas conspiraciones brujeriles para que todo termine saliendo terriblemente mal...


Al igual que El Señor de los Anillos, incluso más que éste, recoge gran parte de la tradición y mitología nórdica, céltica y sajona, y la plasma en un contexto fantástico de manera brillante y eficiente. El brillante reino de Alfheim, hogar de los elfos, las oscuras y brutales tierras de Trollheim, cubil de los trolls y el misticismo de los Tuatha De Dannan irlandeses, los duendes y hadas, que están en su eterno conflicto por la hegemonía de Faerie. Todo ello, bajo la atenta mirada de los Aesir, los Dioses Vikingos, que también aparecen en el libro, junto con sus ancestrales enemigos, los Jotun, los Gigantes.


El estilo es mucho más cruento que el de Tolkien, con pasajes desgarradores, tortuosos, violentos, brutales y trágicos, como toda buena saga de literatura escandinava, pero con ese sustrato fantástico, que se percibe en la magia, las emociones, la determinación, la valentía y la épica que está presente en toda la obra. Los personajes están muy bien definidos, donde Skafloc representa el arquetipo de héroe y, como antítesis, está su gemelo, Valgard, que se erige como un personaje atormentado, cruel y malvado.

En líneas generales, es un libro que se deja leer muy bien, que te atrapa a medida que devoras sus páginas y, además, que trata con rigor y acierto la tradición nórdica y céltica, por lo que cualquier amante de lo vikingo, lo celta o lo germano, disfrutará por añadido con este libro (os lo dice un estudiante de Historia que se ha tragado con patatas todas las Eddas).

En definitiva, una obra que sentó cátedra y que vinculó a muchos otros autores, pero que ha pasado inmerecidamente desapercibida. Altamente recomendable para aquellos cuyos sueños no se circunscriben sólo al ámbito nocturno y onírico.

domingo, 8 de noviembre de 2009

Klimt 1918

Por si acaso nunca nos encontráramos de nuevo...


Hoy ha sido un arduo e interminable día para ti, sea por la razón que sea. En realidad, sabes que en muchas ocasiones sobran los argumentos para necesitar que una jornada termine, para anhelar regresar a tu casa y poder encontrar en ella, en la intimidad de tu habitación, en el silencio de tus paredes y en la quietud de tu respiración, esa serenidad que te ha faltado a lo largo del día, un sosiego del que precisas más que del propio aire que respiras.


Te desnudas, pues la ropa de calle te molesta, incluso te pesa y entorpece, y buscas algún
conjunto lo suficientemente cómodo para sentir como si nada llevaras puesto... o, decididamente, nada llevas. No quieres más ataduras físicas, tu mente está lo suficientemente agotada y al borde del síncope por haber tenido que aguantar, soportar, contener y tolerar tantas cosas durante las últimas horas que lo único que pides es relajarte.


No puedes descansar, ni dormir, tampoco es que quieras hacerlo. Sólo necesitas un momento de meditación, puede que horas de instrospección, para poder dejar que tu cuerpo y tu mente recuperen ese estado de sosiego del que no debería haber salido. Subes la persiana, abres ligeramente la ventana, pues el intenso viento sigue asolando el ambiente y miras ese plomizo y nublado cielo, pensando que tu vida en ese momento no difiere mucho de su grisácea tonalidad. Pero en lo plúmbeo, en la melancólica soledad de tu habitación, comienzas a reflexionar sobre lo que te rodea, acerca de esas pequeñas cosas que tienes a tu alrededor, a las que nunca das la importancia que merecen, pues estás demasiado ocupado en tus trascendentales obligaciones y tus compromisos laborales, académicos o sociales.


Ese pensamiento provoca que encuentres una tímida relajación, especialmente cuando fijas tu mirada en ese disco que lleva tanto tiempo ahí y no has escuchado. Dopoguerra se titula, de un grupo llamado como un simbolista pintor, en el que figura también el año de su muerte, Klimt 1918. Te alzas para comtemplarlo más de cerca y, como si tu cuerpo se moviera por una voluntad que desconoces, terminas poniendo el disco y, los primeros acordes inican una sensación que jamás habías experimentado...


Klimt 1918 es música, no un género en el que se pueda catalogar. Ni aún intentándolo escuchando profundamente todas sus canciones podemos atrevernos a etiquetar esta genial banda italiana que desde hace unos años nos deleita con sus intimistas y nostálgicos discos, cargados de un carácter sencillo y confortante, que desencadena en el que lo escucha toda clase de sensaciones placenteras y apaciguadoras. Es la banda sonora de esas pequeñas cosas que dan sentido a la vida, y que sólo necesitan del pequeño empujón rockero y melódico de este grupo para que cobren toda la importancia existencial que merecen.

Tras una primera demo llamada Secession Makes Post Modern Music, apareció su disco de inicio, Undressed Momento, en 2003, con el que nos ofrecieron una evidente enunciación del tipo de música que deseaban hacer, cargada de pasajes rítmicos muy melódicos, voces limpias y suaves y un ambiente armonioso y tranquilo, que incluso podía acercarse a la vanguardia musical por su carácter bizarro en la lírica.


Aunque no fue hasta 2005 cuando, en el centro de una vorágine musical de estilos, corrientes y
tendencias, apareció Dopoguerra, probablemente su mejor disco hasta la fecha, que supuso que algunos, quizá demasiado pocos, descubriéramos este maravilloso y genial grupo, en el que la melodía progresiva cobró un gran protagonismo, emparejada con ese sustrato melancólico, simplista e intimista, antes mencionado, que hacen característico al sonido de este grupo. Los riffs oscilan entre la pesadez y la levedad y la lírica, alterna el inglés y el italiano, en un delicioso contraste para los oídos, principalmente para nuestro también latina percepción.


Su último disco data de 2008, siendo titulado Just In Case We’ll Never Meet Again, el cual fue esperado casi con ansiedad con esa pequeña hornada de personas que habíamos encontrado un tesoro de valor incalculable en el hallazgo de este grupo, y no nos decepcionó en absoluto. Su sonido sufrió un pequeño cambio, puede que el necesario considerando la evolución de sus melodías, hacia una sensaciones más ambientales y etéreas, sin perder en absoluto el protagonismo de las guitarras , asemejándose más que nunca a otros grupos de culto como Anathema, Katatonia, Riverside, Dredg o Novembre. Se incorpora, a su vez, el elemento de los coros, que es cabalmente el que dota al disco de esa nueva naturaleza atmosférica.

Lo más evidente de este grupo, al margen totalmente de su desarrollo musical, es que desde el primer instante en el que lo escuchas, sientes una sensación de quietud y placidez que no te abandona en ninguna de sus otras canciones. Junto a ello, ese rasgo soñador y melancólico que te envuelve con cada acorde y esa sencilla y suave voz que te mece como si estuvieras tumbado en la nube más mullida de los cielos, y que te propicia algo impagable en los últimos tiempos: detenerte a pensar qué haces con tu vida y valorar aquello que te rodea pero que sientes que nunca tienes tiempo de admirarlo. Temas como: Snow of 85, We Don't Need No Music, Rachel, Stalingrad Theme, Sleepwalk in Rome, Lomo, Skygazer o Ghost of a Tape Listener, son una inestimable ayuda para poder sentir esa sensación tan sosegadora.


En mi particular caso, esa interpretación de su música ha ido transformándose a medida que mi propia existencia recorría su devenir, partiendo desde esa dulce melancolía que hacía que yo pudiera valorar la mía más de lo que hubiera imaginado, pasando por una profunda tristeza que loaba la añoranza de lo que no tenía y anhelaba y llegando hasta el punto actual, en el que tengo la maravillosa sensación de que estoy charlando animadamente con un viejo amigo que hace mucho que no veo, pero con el que he compartido tantos momentos, más malos que buenos, refugiándome en sus brazos para encontrar ese consuelo del que adolecía.

Ese viejo amigo, la soledad, al que nunca más querré volver a recurrir en mi existencia... y al que yo también advertí, hace unos días, que me despedía para siempre...

... por si acaso nunca nos encontráramos de nuevo...

DISCOGRAFÍA


Secession Makes Post-Modern Music (2000)
Undressed Momento (2003)
Dopoguerra (2005)
Just in Case We'll Never Meet Again (2008)

MIEMBROS

Marco Soellner: vocalista y guitarrista
Davide Pesola: bajo
Paolo Soellner: batería
Francesco Conte: guitarrista
Web oficial: http://www.myspace.com/klimt1918

VIDEOTECA

KLIMT 1918 - THAT GIRL (Undressed Momento)


KLIMT 1918 - SNOW OF '85
(Dopoguerra)


KLIMT 1918 - SLEEPWALK IN ROME (Dopoguerra)


KLIMT 1918 - SKYGAZER (Just in Case We'll Never Meet Again)


KLIMT 1918 - GHOST OF A TAPE LISTENER (Just in Case We'll Never Meet Again)

jueves, 29 de octubre de 2009

Legend


Desde una ventana de etéreo e irreal paisaje que se abrió ante mí, invitándome a que entrara en ese ensueño visual de dulces movimientos, en esa quimera fantástica que me hechizó desde el primer fotograma, que estalló en los inocentes ojos de un niño que, hasta ese momento, no se atrevía a soñar, por miedo a volar muy lejos.

Era un bosque de radiante luminosidad, donde la atmósfera y el entorno estaban evanescentemente suspendidos, como si el cosmos se hubiese conjurado en ese instante para realizar una bucólica y eterna instantánea. Esa imagen inundó mis retinas, unas retinas que todavía no habían visto tanta maravilla y que anhelaban retener todo aquello como si de un único e inolvidable delirio onírico se tratara.

Fue cuando apareció ella, abrazada por un níveo y perlado vestido que ondeaba como frágil brisa entre el verdor de la espesura y el ambarino de los haces de luz que se filtraban entre los recovecos de los árboles más ancianos. Se deslizaba vivaz por ese lugar de ensueño, dotando de dulces gestos y gracias infinitas a aquella flora y a aquella fauna que ornamentaba ese fascinante conjunto visual que me tuvo magnetizado desde el principio.


Quería seguir viendo, aunque no miraba con los ojos, lo hacía con todos mis sentidos, percibiendo aromas que jamás había notado, mucho menos desde un incómodo sofá de antediluviana madera y ajados cojines en los que se entrevía una amarillenta espuma que parecía ser vomitada por una entreabierta cremallera; notando el efímero tacto de una esencia invisible que me envolvía y reposaba en el ambiente apaciblemente aunque estuviera frente a un televisor de la marca Telefunken, de sonido quedo e imagen neblinosa; y escuchando una melodiosa sinfonía para la que mis novicios oídos supuso una inédita y nueva forma de audición, a pesar de la pesada respiración de mi padre, que calaba su cigarro cada cierto tiempo con un solemne suspiro…

Y no, no estoy hablando de mi primera e infantil experiencia con los psicotrópicos sintéticos o los hongos alucinógenos, pues siempre he cuidado de mi alimentación, y nunca he pretendido nublar mi entendimiento con sustancias que deslicen mis neuronas hacia inhóspitos lares del desconcierto.

Se trata de Legend, el primer film fantástico que pude contemplar en mi lozana existencia, un sábado por la tarde, de un cálido y desvaído otoño, en el que me prometieron ir al McDonald’s, algo que desesperaba conseguir durante el resto de la rutinaria semana, pero que esta vez rechacé, no por propia voluntad, sino por esa certidumbre, que acabo de narrar, de hallarme ante un estímulo que era totalmente nuevo para mí, y en el que ahora habito, anido, devaneo, sueño, me sumerjo y me enarbolo, la Fantasía, en todas sus vertientes artísticas, aunque en este caso, fue mediante el medio cinematográfico.



Dirigida por Ridley Scott, tras su obra maestra (y la mía), Blade Runner, y estrenada en el año 1985, desde una perspectiva menos idealizada y transcurridas más de dos décadas tras mi visionado, en las que he repetido la experiencia con diferente resultado, puedo decir que se trata de una película visualmente encantadora, que te atrapa y te seduce si eres un soñador que no sólo se reserva las noches para imaginar y lo hace despierto, cuando tiene la oportunidad. No obstante, carece de innovación en cuanto a la trama, pues su argumento no es otra cosa que una prolongación del manierismo que tanto persigue a este género, sobre todo en la literatura. Esa eterna lucha del bien contra el mar, que en este caso concreto, entra en analogía y se transcribe como la luz contra la oscuridad.


Protagonizada por un jovencísimo Tom Cruise y una bellísima Mia Sara, partiendo desde una naciente historia de amor, en la que la curiosidad de esta princesa blanca es la principal protagonista, cuando decide acercarse a unos unicornios, animales de leyenda, seres de pureza infinita y poseedores del don de la luz, pues sin ellos no habría mañana en nuestras tierras, todo serían tinieblas. Esta osadía provocó una serie de cataclismos, que fueron aprovechados por el contrapunto a los dos jóvenes enamorados en esta historia, el siempre arquetípico Señor de la Oscuridad, interpretado por el actor Tim Curry, que porta un vestuario, un maquillaje y un disfraz que, en aquella época, me sumieron en un terror indefinible, pero que ahora no puedo dejar de admirar (¡quiero esa figura en resina ya!).

A su vez, entran en escena toda clase de entes feéricos y seres de leyenda, tanto afables enanos, joviales faunos y caprichosas hadas, como nauseabundos orcos, blasfemos goblins y aterradores seres de la ciénaga (especialmente este ser, que realmente es una dama del pantano, que todavía no puedo recordar sin estremecerme).

Un conjunto de lo más variopinto para una historia de verdadera fantasía, con un dulce e idílico inicio, un angustioso y oscuro desarrollo, que hace las delicias de cualquiera que sepa disfrutar de la siniestra elegancia de la maldad y un apoteósico aunque predecible final, como el de casi todas estas historias.

Aunque, al menos, durante ese eufórico colofón, se nos formula una pregunta, queda abierto el pórtico hacia la ambigüedad entre estos términos tan elevados y trascendentales en la historia de la humanidad, el bien y el mal:

¿Qué es luz sin oscuridad?



Yo te responderé, querido amigo, luz es el reflejo de la argéntea luna proyectada en un nocturno mar, luz son los ojos que en esa orilla saben lo que es amar.

Fin del mamotreto farragoso de hoy. Mañana más.

O no.

jueves, 11 de junio de 2009

Elantris

Hubo un tiempo en el que la Shaod, la Transformación, convertía a aquellos a los que les llegaba, sin previo aviso, en seres colmados de gracia, sabiduría y magia. Se les dotaba de capacidades extraordinarias, mediante las cuales podían conjurar desde manutención para las gentes, paliando de esta manera cualquier tipo de hambruna que pudiera amenazar con asolar el reino de Arelon hasta curar las heridas y enfermedades más graves y terminales. Los elegidos que, sin desearlo o esperarlo, recibían este maravilloso don, se marchaban a la ciudad de Elantris, también conocida como “la ciudad de los dioses”, por las extraordinarias características de sus habitantes.

Pero llegó un fatídico y desgarrador momento, en el que la Shaod dejó de ser una bendición, en el que estos seres humanos que se tornaban sabios y hermosos, pasaron a convertirse en una especie de muertos en vida, perdiendo todo su poder y su grandeza y sumiéndose en un estado en el que lo único que sentían en su existencia era el más acuciante y angustioso de los dolores. Reducidos a una mera carcasa de lo que fueron antaño, con sus cuerpos putrefactos y perdidos en el más absoluto de los ostracismos. Y ahora, Elantris ya no es la esplendorosa y magnificente ciudad que era; es una cárcel eterna de mugre, desde hace 10 años, para todos los que sufren esta calamitosa condena. Haciendo que sus corazones no latan y provocando que cualquier tipo de herida que padezcan, además de no sanar jamás, se convierta en el más agonizante de los tormentos, que finalmente los conducirá hasta la locura.

Y este antiguo favor, ahora abominación, alcanzó al protagonista de esta extraordinaria novela de fantasía. Aunque debería matizar cuando digo fantasía, puesto que desde hace casi una década, una nueva oleada de literatura fantástica con un estilo renovador y fresco se está imponiendo en un género que llevaba décadas trillado y desquiciado, con los mismos patrones estilísticos y argumentales.

Elantris es mucho más que una obra fantástica, puesto que lo único que contiene de esta consideración es su contexto, su mundo, su geopolítica y su sociedad, que inevitablemente, residían en la mente de su autor, Brandon Sanderson, antes de hacernos partícipes de su sensacional novela. No es para menos que Orson Scott Card (para los profanos, autor de la obra maestra de la ciencia ficción, El Juego de Ender), la cataloga como “la más bella novela de fantasía que se escribirá en muchos años”. Además de esa latente quimera y magia que subyace en todos los libros del género fantástico, encontramos unas interesantes y exquisitas dosis de intriga política, una reflexiva y enriquecedora dialéctica teológica, un clímax tenso pero entretenido y, por encima de todo, una hermosa historia de amor.

Los personajes que aparecen en la historia son antológicos, a pesar de que muchos ya los hemos visto en otras tantas narraciones de índole similar. Nadie podría quedar indiferente con la emprendedora y enérgica Sarene, mucho menos con el jovial y astuto conde Roial ni con el místico Shuden o el noble Eondel. El rey Iadon nos inspirará, primero negligencia y finalmente lástima. Y Kiin nos arrancará una decena de sonrisas. Y los antagonistas, el dogmático y eficiente Hrathen y la esencia del fanatismo y la violencia religiosa representada en el personaje de Dilaf, resultan una contraposición armoniosa para el conjunto de la obra. Dejando para el final, por supuesto, a Raoden, el protagonista de la novela, quién me parece uno de los personajes más optimista y esperanzador que he conocido nunca.

La estructura de la obra juega con los puntos de vista, buscando la elipsis, centrándose en Raoden, Sarene y Hrathen, hasta que llega el apoteosis final, donde se precipitan los acontecimientos y se entrelaza todo en una trepidante culminación. El estilo del autor, si he de considerarlo, me ha resultado impecable, por lo que la trama está perfectamente hilvanada. Quizá cojea en la cantidad de nombres, tanto de personas como de lugares, e incluso ciertas expresiones creadas específicamente por el autor, que pueden llevar al lector a vagabundear relativamente por este nuevo mundo que se halla ante sus ojos. Sin embargo, a medida que se profundiza en la lectura y se plantean las situaciones, será imposible evitar la voracidad en lo que respecta a la velocidad de lectura. En definitiva, es una delicia narrativa y compositiva, que entretiene, engancha y emociona.

Para culminar, además de animaros a leer este libro de más de 600 páginas (sé que no me vais a hacer ni el más mísero de los casos, malditos oligofrénicos iletrados), quería agradecerle a mis compañeros de fatigas y desazones, mis amigos, que me regalaran esta maravillosa novela (aunque lo tenían fácil para el regalo, me he pasado meses insistiendo en que quería este libro y no lo encontraba).

¡Oh, Misericordioso Domi!, ¡Elantris vuelve a brillar!

miércoles, 27 de mayo de 2009

Déjame Entrar

- ¿No tienes frío?
- Lo he olvidado.


Esta no es una película contemporánea, a pesar de haber sido estrenada el año pasado.

Esta no es una película como Crepúsculo o Underworld, por ello no ha tenido tan buena taquilla.

Esta no es una película en la que os podáis enamorar del protagonista, pero sí podemos deleitarnos con una preciosa historia de amor.

Esta no es una película en la que se desvirtúa y se falsea el mito, pues yo no podría imaginarme a un vampiro de una manera distinta a como se plasma en este film.

Esta es una película de vampiros. O más bien, una realidad de vampiros.

Así pues, queridas adolescentes (y no tan jóvenes), con las hormonas en una hirviente revolución e infinitos pájaros en vuestras obsoletas cabecitas: no veáis esta película y, mucho menos, os leáis el libro que la inspiró.



Déjame entrar, de manufactura sueca y sabor ochentero, narra la historia de Óskar y Eli, dos niños de 12 años, dos niños solitarios, dos niños maltratados por la vida, que sólo se diferencian en un detalle. Él es mortal y ella es un vampiro.

Con este planteamiento, se desarrolla una historia de amor entre ambos, pero no el amor edulcorado e idealizado al que estamos acostumbrados a ver en los subproductos de Hollywood. Es un romance primerizo, como el que podrían tener dos niños, también intenso y profundo, como el que podrían tener dos introvertidos y, sobre todo, romántico e imposible, como el que podrían tener un mortal y un vampiro.

Las escenas que se van sucediendo a lo largo de la trama son sobrecogedoras, en todos los sentidos, no sólo en la aparente atracción que puede sentir el ser humano hacia la sublime y elegante inmortalidad de alguien que ha vivido centurias, atrapado en una edad que no se corresponde a sus vivencias, sino que podemos vislumbrar la inocencia y la ingenuidad de la infancia, pero también la crueldad y la crudeza de lo que implica tener que matar para sobrevivir. La soledad que ambos protagonistas muestran es el nexo de unión entre ambos, que se firma con un simple regalo: un cubo de Rubik. A partir de este momentos, nunca más volverán a sentirse solos y encontrarán ese apoyo que les falta, que les hace sentir incompletos y desdichados.

El vampirismo se aborda de manera tradicional, pero efectiva. Es un tormento, una maldición, pero también una resignación por parte de Eli, que tiene asumido que tiene que alimentarse mediante el asesinato. Aquí no hay vampiros adolescentes que seducen y atraen a chicas corrientes de instituto para hacer soñar a las quinceañeras. Tampoco hay oscuros caballeros andantes con colmillos, con precisión para atravesar corazones con las balas de sus pistolas o haciendo fintas imposibles con espadas de doble filo. Hay una niña de 12 años. Y no hay nada más dantesco que ver a una niña de 12 años entrar en un maníaco frenesí, dejándose llevar por instintos primarios para saciar una sed que la tortura.

El acoso escolar es el otro gran tema tratado en la película, donde podemos apreciar el sufrimiento de un niño que no es capaz de plantar cara a sus agresores y que tiene que aliviar sus incapacidades con un machete con el que juega que mata a aquellos que lo martirizan. A esto se le une una familia rota y desestructurada y un comportamiento traumático que conduce a Oskar a coleccionar recortes de periódico de asesinatos y temas de escabrosa índole en un cuadernillo que esconde con celo. Afortunadamente para Óskar conoció a Eli y ella encontró las palabras que podrían ayudarle. No obstante, no todo quedó en palabras.

En relación al acoso escolar, he de hacer una mención especial a la escena que se produce en la piscina, en los momentos finales de la película. No revelaré nada, pero sólo puedo decir que me provocó un gran impacto. No sé si considerarla la mayor demostración de amor que he visto en mi vida o una de las escenas más feroces y sanguinarias que jamás veré.



En lo que respecta a la interpretación, sólo puedo decir que es espléndida, especialmente la protagonizada por los niños y más concretamente por Kare Hedebrant, el actor que hace de Óskar, que puede tener un brillante futuro si su actuación no refleja su carácter en la realidad (porque ese empanamiento que demuestra y que encaja a la perfección con el personaje, no debe ser muy sano). La dirección y la fotografía merecen todo tipo de elogios, puesto que cada escena es una verdadera obra poética; una gélida y nívea obra poética, como no podía ser de otra manera con un paisaje nórdico que se afina perfectamente con las emociones que nos traslada la película.


En definitiva, es una película de vampiros cómo las que hace años que no se hacía. Es bella, es melancólica, es sensible. Es dulce, pero terrible. Es estremecedora, pero en todos los sentidos que implica la palabra, no sólo en el sangriento, blasfemo y repulsivo, cuyas dosis también nos las ofrece ciertas escenas, también en el dramático, en el realista y en el romántico. Adolece de lentitud y redundancia, pero en mi opinión, esto está más que justificado. Una historia así no se puede contar de otra manera para que el espectador pueda llegar a creerse lo que está viendo.

Todavía no logro quitarme de la cabeza la imagen de ambos, besándose, con la boca de la niña cubierta de sangre y su mirada vidriosa, oscura y profunda clavada en la del niño.



No dudéis más y dejad entrar a Eli a vuestra casa. No os decepcionará.

Hacedlo antes de que en Hollywood rueden y estrenen el remake, poco les faltará para destruir esta evocadora película.

TÍTULO: Déjame entrar
AÑO: 2008
PAÍS: Suecia
DIRECTOR: Tomas Alfredson
DURACIÓN: 1 hora y 54 minutos
COMENTARIO: Basada en la novela Déjame entrar de John Ajvide Lindqvist.